Otra ves les traigo un cuento de Enrique Serna de su libro "El Orgasmógrafo" el cual sigue con la tendencia de la tragedia a cada uno de los protagonistas de sus cuentos. A continuación les dejo el cuento completo y finalmente les dejo el burdo análisis que hize del mismo. Ya saben dejen sus comentarios.
Cinco de la tarde y nadie se acerca. Ni un abrazo en todo el pinche día.
Regalos ya sería mucho pedir, es fin de quincena y están arrancados,
pero al menos una felicitación, carjo, una mugrosa tarjeta del Sanborns.
Total egresos mayo-diciembre, 361 mil pesos. Más intereses moratorios por cartera vencida, 394 mil 518.
Coqueteando sin perder el decoro - apenas se permite un discreto
balanceo de caderas-, Blanca Estela sortea los escritorios de Bautista y
Cáceres. Qué buena está, pero no debería venir a trabajar con esa
minifalda tan entallada. Nadie como ella para humanizar el ambiente de
trabajo. Adoctrinada por los manuales de superación personal, cree que
somos una gran familia y lleva un registro con las fechas de cujmpleaños
de todos los empleados, incluyendo al personal de limpieza. Por
iniciativa propia organiza las colectas para comprar el pastel, lo
adorna con el nombre del festejado y congrega a la gente de piso en piso
para cantarle Las Mañanitas. No me puede fallar, soy su amigo y le
caigo bien. Pero Blanca Estela pasa de largo sin voltear a hacia mi
escritorio. Me decepcionas, chula ¿A poco no estoy en tu agenda?
Ingresos acumulados en el primer trímestre del año, 564 mil pesos. Menos cuotas del Seguro Social, 70 mil 810. A
otros hasta les hacen comida en algún restaurante, con mariachis y
todo. Claro, son los consentidos de la oficina, los simpáticos
profesionales que hacen roncha con todo el mundo. Ahí está Cáceres, por
ejemplo. Entró como auxiliar de contabilidad y nunca pasará de ahí,
porque es huevón y menso como él solo, pero ni hablar, el pendejo tiene
carisma. Hay que verlo contando chistes en el cuartito de la cafetera,
rodeado de secretarias, mientras los teléfonos repiquetean sin que
ninguna se digne a contestar. Cuánto lo admiran y cómo se ríen de sus
tarugadas. Hasta Blanquita debe estar loca por él. Así pasaba en la
secundaria: siempre había un gracioso reprobado en todas las materias,
pero con un talento especial para dominar a la gente, que era el
verdadero líder de la clase, por encima de los mataditos como yo,
encargados de imponer el orden y la disciplina. Luna, sientate en tu
lugar.
Te voy a poner otra cruz en el pizarrón. Ya te vi dándole un zape a
Reyes Retana, a la próxima te bajo un punto en conducta. ¿Quién me puso
este chicle en la banca? ¿Quién fue?
Igual que ahora, exactamente igual. No hay mucha diferencia entre un
jefe de grupo y un subgerente de Recursos Humanos. El mismo papel de
gendarme, de capataz que le da la espalda a la diversión para obligar a
los demás a cumplir con un deber insufrible. Antes les descontaba
puntos, ahora días de sueldo. Por eso nadie viene a felicitarme, se
están vengando. A lo mejor he sido muy estricto con el personal. Pero
Blanca estela me dijo el otro día en el elevador -cuando estoy a solas
con ella me sudan las manos- que yo era súper buena onda comparado con
el subgerente anterior a mí, un zotaco de pelo grasiento que no dejaba
de comer a los empleados en horas hábiles y hasta les tomaba el tiempo
cuando iban al baño. ¿Lo diría por congraciarse conmigo, para que no le
ponga multas por sus retrasos? Total de ventas enero-julio, 345 mil pesos. menos 15 por ciento de IVA y 2 por ciento del activo fijo, 292 mil 317. Muy
bueno para los números, eso sí. Nunca doy motivo de queja, conmigo las
cuentas siempre están al centavo. Pero nadie te lo agradece, ni los
gerentes te revisan los balances. Fastidian mucho con la calidad total,
pero en el fondo soy valemadrista, y puede que tenga razón. La vida es
para disfrutarla. Más allá de cierto límite, el trabajo de vuelve una
enfermedad. El que vive para trabajar es como un caracol encerrado en su
concha. Eso deben pensar de mí, que tengo una armadura de hierro.
Cuando algún compañero me hace pláticas a la hora del café le respondo
con evasivas o de plano lo dejo con la palabra en la boca, aunque esté
deseando una distracción. Buenos días, Guillermo, ¿Cómo te fue en los
pronósticos deportivos? Lo de siempre, mano, le fallé a la mitad,
respondó, y en vez de continuar la charla como exígen las reglas de
urbanidad, en vez de preguntarle como va el embarazo de su mujer o
comentar los goles del domingo, me siento amenazado por su gentileza y
vuelvo los ojos a la computadora, la extensión de mi alma donde estoy a
salvo de intrusos. Pero eso sí: El robot enemistado con el mundo, el
ogro mamón esclavo de su deber que jamás ha compartido nada con nadie
quiere lo apapachen por su cumpleaños, que el apaguen las velas.
Las cinco y media, esto ya se jodió. Bautista se frota los ojos y
bosteza con amargura mirando a la calle, como un mono enjaulado en un
laberinto. Ya le anda por salir. Él si disfruta su tiempo libre. Una vez
lo acompañé La Vía Láctea, la cantina de aquí a la vuelta. Pedimos unas
cubas, nos empezamos a alegrar, tráiganos otra ronda, total no se va a
acabar el mundo por una tarde que faltemos a la oficina, ¿Verdad, Memo?
Eres muy serio, pero me caes bien, salud amigo, por ellas que aunque mal
paguen, y acabemos ahogados de pedos en una banca de Garibaldi,
cantando Lámparas sin luz con una redoba norteña.
Desde entonces le saco la vuelta pero lo que es ahora si le aceptaría un
trago, qué caray, un cumpleaños es un cumpleaños, no quiero volver a
casa y aplastarme en la cama viendo lo noticieros. Estoy de suerte,
Bautista se ha levantado y viene hacia acá, vaya, por lo menos tengo un
amigo sonsacador que me necesita para no beber solo. Oye, Guillermo,
estoy haciendo el desglose que me pediste, pero mi calculadora se
descompuso, ¿me prestas la tuya? Claro, viejo, tómala. Bautista me da la
espalda y vuelve a su escritorio con la mirada brumosa de los
burócratas que han archivado sus ilusiones. Nadie quiere tomarse unas
copas con el señor subgerente. ¿Y qué? Busca el lado positivo de las
cosas. Te salvaste de una borrachera mortal. Viéndolo bien, es lo mejor
para tu salud.
Pero las frustraciones también hacen dañ, tanto o más que las crudas.
Querer y no poder. Es la historia de mi vida. La historia de un deseo
insatisgecho, muerto, calcificado. Lo que más me duele es no poder
manejar a los demás como si moviera una pierna o un brazo. En el fondo
soy idéntico al hitlercito que martirizaba a la pobre Blanca Estela.
Quisiera tenerlo todo bajo control. Pero los otros no están donde yo los
necesito, no obedecen mis deseos por telepatía. Son libres, se mandan
solos y ninguno me quiere felicitar. ¿Voy a ponerme a chillar por eso? Nómina
mensual, 567 mil 510, más liquidaciones por concepto de honorarios, 582
mil 550, ménos préstamos a la caja de ahorros, 574 mil 560 punto 67.
Un hombre sin complejos ya les hubiera gritado con absoluta
desfachatez: oigan, señores, hoy es día de mi cumpleaños, ¿Qué esperan
para darme un abrazo? Eso es lo que haría Cáceres en mi lugar. Pero yo
no me puedo humillar de ese modo. Sería una ridiculez, una lastimosa
confesión de impotencia, como si admitiera que todo el tiempo los he
engañado, que interpreté una comedia y falsifiqué mi carácter, tóquenme
por favor,no soy un témpano de eficiencia, necesito afecto como
cualquiera de ustedes, yo también lloré de niño cuando mataron a la mamá
de Bambi.
Así quisieran verme, rendido a sus pies, pero nunca les daré el gusto de
implorar la atención que merezco por derecho propio. Su indiferencia es
un acicate para mi orgullo. ¿No les importo? Ni ustedes a mi, cabrones,
estamos a mano. Qué rápido pasa el tiempo. Seis y veinticinco, dentro
de poco no habrá ni un alma en el edificio. Como de costumbre, Cáceres
ya se está poniendo el saco para salir antes de la hora. Podría
retenerlo en su lugar hasta las seis y media -el director general me ha
dado facultades omnímodas para hacer cumplir el horario-, pero lo dejo
marcharse finjiendo una distracción. Si ahora me pongo de mal humor
pensará que estoy dolido por el desaire. Bautista me devuelve la
calculadora y se despide con un mecánico "hasta luego". Hasta Blanca
Estela se ha empezado a polvear la nariz. ¿Tendrá cita con un galán?
Demasiado maquillaje para su edad. Ya se lo dije uanvez, usted se vería
más guapa con la cara lavada, pero no me hizo caso.
¿Y si le invito un trago? No necesito hablarle de mi cumpleaños ni caer
en lamentaciones patéticas, simplemente la llevo a un bar elegante y me
le declaro, sabe qué, Blanquita, pienso mucho en usted, tengo
intenciones serias, no fumo, no bebo en exceso, vivo con mi señora madre
y he juntado algún dinero para darle a usted una vida de reina. Pero el
pinche Cáceres la espera en el elevador, deteniendo la puerta muy
acomedido, y ella corre a su encuentro sin terminar de polvearse la
cara. Lo que sospechaba: esos dos están enculados. No será la primera
vez que Cáceres engaña a su esposa. Y Blanca debe tener varios quelites,
uno para cada día de la semana. Dicen que el jefe de costos también se
la está cogiendo y ella le sacó dinero para su Volkswagen. Antes no lo
creía, calumnias, pensaba. Ahora creo lo peor de cualquiera. Ya apagué
la computadora, pero mantengo la vista fija en la pantalla un par de
minutos, como en un ejercicio de yoga, para no coincidir en la planta
baja con los empleados que checan la tarjeta. No puedo destrabar las
mandíbulas, tengo un panal de avispas en el estómago. Por la ventana veo
a Blanca Estela y a Cáceres entre los peatones del eje Central. Él la
toma del brazo para cruzar la calle, muy caballero, y ella le agradece
su gentileza con la sonrisa impura de las hembras calientes. Un rifle,
me hace falta un rifle de alto poder. Caerían como ratas. Afuera, en la
banqueta infestada de tenderetes, donde apenas hay espacio para
caminar, mi panal se calma un momento, acallado por el enorme avispero
del exterior. Quisiera beber algo, ¿pero dónde? En las cantinas del
rumbo siempre hay gente de la oficina y sería bochornoso beber solo como
un perro mientras los demás confraternizan. Otras veces lo he tenido
que hacer, hoy no estoy de humor como para asumir mi soledad como un
desafío. Prefiero caminar hacia el sur, caminar diez o doce cuadras con
la mente en blanco, esquivando a los vendedores ambulantes y a los
embobados mirones de escaparates. Un puesto de periódicos, alto. Compro
el más escandaloso, La Prensa, que se ufana en grandes caracteres de una
cifra record: 7 mil suicidios en el primer semestre del año. Cantinas
hay por docenas, lo difícil es adivinar dónde sirven buena botana. Pero a
ver, ¿por qué tanto rodeo si no tienes hambre? Tomo por asalto la
primera cantina que se me atraviesa y elijo una mesa apartada de los
jugadores de dominó, en el rincón opuesto a la rocola. Un Don Pedro con
coca, si me hace el favor. Estamos en promoción, hoy damos dos copas por
el precio de una. Usted sabe, joven, con la crisis hemos perdido mucha
clientela y el dueño quiere levantar negocio. Peligro, mesero planeador.
¿Viene solo? No, estoy esperando a unso amigos.
Es verdad, los espero en vano desde hace veinte años, cuando me
empezaron a ignorar en la escuela por mis aires de independencia y mi
soledad hostil. Abro el periódico para ahuyentar al mesero mientras me
transporto a las auls de la secundaria. ¿De verdad me gustaba tanto
estudiar? Tal vez no.
El estudio era una evasión, un subterfugio para no tener que vivir en
colmena, integrado a los grupos y a las pandillas donde me sentía
disminuido, suspeditado a la aprobación ajena. El patio de recreo me
inspiraba terror, era un coliseo romano donde había que ser un gandaya
para imponer respeto. Zapes, calzón, piquetes de culo, préstame a tu
hermana, la que traigo de campanas. En el salón había reglas claras y no
necesitaba caerle bien a ningún imbecil, todo dependía de mi propio
esfuerzo. Diez en Química. Diez en Español. Diez en geografía. Primer
lugar de la clase. Medallas, diplomas, visita a Los Pinos para saludar
de mano al primer mandatario. Son ustedes orgullo de México. La
genereción que habrá de llevar a nuestro país por la senda del progreso y
el bienestar. Luna, el encajoso campeón de atletismo, presionándome con
sus ruegos imperativos. ¿Me das chance de copiarte en el examen? No,
qué tal si nos ve el profesor. Ándale, qué te cuesta. Esta bien, mentía,
pero a la hora del examen me cubría los flancos para impedirle ver mis
respuestas. Pinche matado ojete, ojalá te pudras, un empujón y mi torta
al suelo, nadando en un charco de agua aceitosa. Le sacaron el mole a
memo jajá, lo que tiene de machetero lo tiene de puto.
La cuba con brandy está bien cargada, pero es tan dulce que nisiquiera
raspa la garganta. Voy por el segundo vaso y me siento abrigado,
seráfico, invulnerable. En vez de querer anular el pasado debería
sentirme orgulloso de haberme distinguido de los demás, hasta
convertirme en un apestado. ¿No es el destino natural de toda persona
sobresaliente? El amor propio como tabla se salvación. Grandeza del
héroe solitario que se impone a la adversidad. Fanfarrias de honor.
Magna cum laude. Imagén de un halcón sobrevolando una cumbre nevada.
¿No han llegado sus amigos? Otra vez el mesero amable y joditivo. Cómo
chinga para sacar una buena propina. Miro mi reloj, contrariado. Se me
hace que ya no vinieron. ¿Le traigo las otras? No, mejor deme la cuenta,
voy a buscarlos a otra cantina. Las sillas reservadas para mis amigos
imaginarios me contemplan con sorna. Pero no etsoy vencdo, ni siquiera
triste. La soledad ahora me parece un contratiempo fácil de remediar.
Puedo ir a buscar a Bautista a La Vía Láctea, no sería raro que Blanca
Estela y Cáceres se estén echando la copa con él. Saboreo con
delectación el resto de mi Don Pedro. Ya es hora de vencer mis complejos
y agarrar la vida como viene. Pero cuidado, a lo mejor me pongo
impertinente, regaño a Blanca Estela por ser tan puta, me tiro la copa
en el pantalón o le rompo la madre a Cáceres. Desprestigio. Pérdida de
autoridad. Mi reputación revolcada en el fango. Sería la pendejada del
siglo. beber hasta reventar, pero no delante de ellos.
Breve caminata por la estrecha acera de Ayuntamiento, buscando dónde
seguirla. Entro al bar El Edén, atraído por la luz violeta de la
marquesina y la sugestiva penumbra que se percibe desde la calle.
Meseras de minifalda roja y ombligo al aire, caballerizas con respaldo
alto, una televisión pasando videoclips de grupos tropicales, olor a
desinfectante de pink mezclado con el perfume barato de las ficheras
acomodadas en la barra. ¿Por qué tan solo? Pues ya ves, ando buscando
novia y a lo mejor se me hace contigo. Bien respondo. Así reaccionan
los hombres del mundo, los triunfadores que no se abochornan de nada. La
mesera sonrie y por acto reflejo me palpo el bolsillo interior del
saco, donde encuentro los 300 pesos que esta mañana tomé del buró,
previendo que saldría a festejar mi cumpleaños con alguien. Traigo el
periódico enrollado en la axila, pero no pienso esconderme tras él. En
vez de leerlo brindo con los ocupantes de la mesa vecina, un bigotón con
chamarra de cuero, pecoso y ancho de espaldas, y un joven de cara
huesuda que alza la copa para devolverme el saludo. ¿Qué haciendo? Nada,
nomás vine a pasar el rato. ¿Y a poco le gusta beber solo? A veces.
Pues no sea apretado y véngase a nuestra mesa. Rubén Montes para
servirle, éste es mi compadre Leodegario, pero le digo Leo. Mucho gusto,
Guillermo Palomino, soy subgerente de Recursos Humanos, aquí tiene mi
tarjeta. ¿Y ustedes qué hacen? Somos traileros, traemos carne congelada
desde Sonora, pero hoy no tuvimos viaje. Brindis en corto, chocando las
copas. Elogios procaces a la mesera nalgona que me atendió. La charla
se anima y le pregunto a Rubén si de verdad los traileros tienen mujeres
en cada pueblo. Pu8ro cuento, sonríe, de vez en cuando caen algunas
morras que viajan de aventón, pero luego te salen con que van a tener un
hijo y hasta quieren que las mantengas. Por eso yo nada de noviecitas:
puro acostón de pisa y corre en la cabina del tráiler, ¿verdad,
compadre?
Mi acoplamiento con los traileros es instantáneo y perfecto. Son mi
flota, la que había buscado toda la vida. Pedimos una botella de Don
Pedro. Charla futbolera, tajantes opiniones sobre corrupción, finanzas y
política nacional. Prístas, panistas, perredistas, todos son la misma
mierda. leodegario habla de su tierra, el Valle Yaqui, donde su familia
cultiva sorgo. Qué formidable descanso abdicar por un momento del yo,
fundirte con los demás en una familia compacta, donde los otros piensan y
hablan por ti. Rubén propone que llamemos a unas chamacas. Acepto
encantado y me siento en las piernas a la mesera de nalgas paradas, que
se llama Anilí. Para mí un vermut, por favor.Yo un chartreuse ¿Y tú, mi
reina? Un ruso blanco. Anilú quiere todo conmigo y me soba la verga con
el dorso de la mano. Piensa en otras cosas, no te vayas a venir en el
pantalon. ¿Saben cuál es la nueva prueba para detectar el sida? Te
agachas, miras por el arco de tus piernas y si tiene cuatro huevos
detrás quiere decir que ya te pegaron el virus. Jajajaja. Me animo a
contarles el chiste del piloto gallego que aterriza en el aereopuerto
dando un enfrenón y comenta a su compañero ¿Te fijaste que pista tan
corta? Si, dice el otro, pero esta bien ancha. Éxito arrollador,
carcajadas de Leodegario. Su fichera se atraganta y le tiene que dar un
sorbo de Coca-Cola. Ya se va a acabar la botella, ¿pedimos otra? Cómo
no, pa luego es tarde. Siento que la mesa empieza a despegarse del suelo
como un objeto con vida propia. Señoras y señores, hagan favor de
guardar silencio: quiero hacer de su amable conocimiento que hoy es mi
cumpleaños. ¿Te cae de madre?, se sorprende Rubén. Por Dios que sí. Mira
nomás, que calladito te lo tenías, ¿Y cuántos cumples? 38. venga para
acá ese trío. Pinche memo, te quiero como un hermano. Estas soooooon las
mañaniiiiitas que cantaaaaba en Rey David.
Ronda de abrazos, Leodegario me deshace la espalda con sus recias
palmadas. Fajecito sabroso con Anilú, que se ha bebido cuatro rusos
blancos y sigue igual de sobria. ¿Estará tomando agua pintada? Algo en
mi cabeza rebota como un balín. Tengo náusea, pero no quiero
desprenderme de la gran familia que hemos formado. Rubén y Leo se
levantan a bailar "Que no quede huella" con sus respectivas ficheras.
Para no romper la unidad del grupo yo también me paro a bailar y trato
de seguir a Anilú en sus alocados giros. Mal hecho. Con la sacudida se
me baja la presión y empiezo a sudar frío. Compermiso chula, orita
vengo, alcanzo a murmurar, luchando por contener los espasmos del
vómito. Soy un idiota, quién me manda a beber así. Abro de un empujón la
puerta del baño pero no logro llegar al excusado y arrojo en el lavabo
una humeante papilla negra. Mente despejada, culpa instantánea. El
anciano cuidador de los baños me ofrece una toalla de papel. Que no
quede huella que no que no, que no quede huella. El agua del grifo no
basta para lavar mi crimen, porque los trozos de cacahuate han tapado el
desagüe. Trato de scarlos con los dedos, pero me lo impide un segundo
ataque de náusea. En el excusado termino de vaciar mi estómago, tras una
larga sucesión de arcadas. Ya tuve suficiente, no debo seguir chupando.
Arreglo mi corbata, me limpio la cara y le compro unos chicles de menta
al discreto matusalem de la puerta, que me observa con una mezcla de
compasión y desprecio.
Afuera se ha callado la música. Me sorprende no encontrar en la mesa a
mis cuatachones del alma. Tus amigos ya se fueron, sonríe Anilú, le
dijeron al capi que tu pagabas. El capi, un grandulón de manos peludas y
cara infantil, me entrega la cuenta sin mirarme a los ojos. 570 pesos,
más lo que guste darle a las muchachas. Un momento, yo le voy a pagar
mi parte, los señores que estaban conmigo venían por su lado. Ellos
dijeron que usted los había invitado. No es cierto, me llamaron a su
mesa pero no son mis amigos. Ah qué la chingada, pues alguien tiene que
pagar. ¿No tiene tarjeta? No, y solo traigo 300 pesos. Me llevo la mano
al bolsillo del saco, pero los billetes ya no están ahí. Descarga de
adrenalina, zumbido en los tímpanos.
Recuerdo los abrazos de felicitación y comprendo que alguno de mis
dizque amigos aprovechó el momento para bolsearme. Qué pena, capitán,
tenía dinero, pero esos cabrones me lo robaron. Búsquese bien. le juro
que lo traía en esta bolsa. El capi me esculca el saco y los pantalones,
resoplando por la nariz en señal de que ya le colmé la paciencia.
Pues a ver como le hace, me empuja contra la pared, pero de aquí no se
va sin pagar. Óigame, no merezco ese trato. ¿Ah no? ¿Pues quién te
crees, pendejo? Rodillazo a los huevos, acompañado por un golpe de
karate en la nuca. Oscuro total. Doblado por el dolor recibo una
andanada de puñetazos en las costillas. En medio de la madriza sólo
alcanzo a vislumbrar en rápidos falsazos la cara del capitán, traslapada
con otra cara igualmente odiosa, la del fortachón Luna, mi antiguo
verdugo escolar. No sé cual de los dos me patea los riñones ni quién me
arrastra por los cabellos hasta la puerta del bar. Un empellón violento y
caigo de narices en la banqueta, donde Anilú me clava un tacón
puntiagudo bajo el vientre: esto es por mi cuenta, pinche naco jodido.
Después de esperar un momento ovillado contra un arriate, por temor a
una nueva andanada de golpes, me sacudo el polvo de traje y compruebo
que no tengo ningún hueso roto, aunque estoy chorreando sangre por la
nariz. 38 años, 570 pesos, 7 mil suicidios en el primer semestre del año. Ya
estoy haciendo números otra vez. De vuelta a la cerrazón aritmética,
donde ninguna palabra amistosa puede horadar mi coraza de puerciespín.
Así me siento mejor; incomunicado por una cortina de cifras. Para un
tipo como yo, el lenguaje es enteramente superfluo. Mi pañuelo no puede
contener la hemorragia y voy dejando por la acera un hilito de sangre.
Feliz cumpleaños. Happy Birthday to you. Tan amigables que parecían.
Gente franca y sencilla del norte. A lo mejor ni traileros eran y
estaban coludidos, con la gente del bar. Una señora me ve con recelo y
se cambia de acera. Cretina de mierda. Ahora resulta que el delincuente
soy yo. Debe haber una estación de metro cerca de aquí, ¿pero dónde? 10 en Química más patadas en los riñones menos 300 pesos robados igual a 0 amigos.
A lo lejos se ve una avenida iluminada. ¿Será Balderas? A pesar de
todo, me duele el repentino final de la fiesta. Si tuviera dinero,
buscaria diversión en otro tugurio, total, ¿qué? Ya me rompieron la
madre. Arrastrando los pies camino hacía la avenida, con el enjambre
estomacal más agitado que nunca. Por fin la boca del metro, la fuga
subterránea a otra realidad. Al notar que la gente se aparta de mí,
cobro conciencia de mi aspecto lastimoso. ¿No les gusta? Pues háganse a
un lado, pendejos. El pastel, no tuve pastel. Repetía y absurda tristeza
por no haber apagado las velas, mezclada con un desprecio infinito
hacia la muchedumbre de pasajeros que atiborra el andén. Reses,
agachados, rebaño apestoso.
De ahora en adelante voy a ser un hijo de puta con todo el mundo,
empezando por los empleados de la oficina. Ya estuvo bueno de solapar
huevones. Al primero que acumule tres retardos en un mes le descuento un
día de salario. Se acabaron los vales para comida, los permisos de goce
con sueldo, los préstamos de caja chica, y cuando Blanca Estela venga a
cobrar el adelanto de su prima vacacional le voy a dar largas, no tengo
autorización de la gerencia, le faltó un papel del seguro social, ahora
necesito su número de homoclave, lo siento mucho, la computadora borró
su nombre de la nómina. En plena ebriedad vengativa empiezo a chillar de
tristeza. pero qué estoy pensando, jamás trataría de ese modo a ningún
compañero, todavía no aplasto a nadie y ya me arrepentí de haberlos
humillado en el pensamiento. Terror a una vejez amarga y rencorosa. la
posibilidad de convertirme en un gran ojete no es tan remota. Sería la
consecuencia lógica de haber recibido una bofetada tras otra por cada
intento de abrirme a los demás. Por doquiera que voy se apagan las luces
a mi alrrededor, llego tarde a todas las fiestas, a todas las alegrías.
Ni siquiera tengo bajas pasiones, más bien soy un árbol petrificado. El
temblor de las vías anuncia la llegada del tren. Por lo menos abandonar
la pelea con un gesto arrogante, que ponga la carne de gallina a mis
golpeadores de ayer y hoy. Ten huevos, un paso al frente y se acabó
todo. La luz, el anaranjado fulgor de la muerte. 38 años. 456 meses, 13 870 días, hay un saldo negativo en su cuenta corriente. Que no quede huella que no que no...
Dos horas después, el Licenciado Juan Manuel Tamez, supervisor de
seguridad y vigilancia de la estación Balderas, llegó a la dirección
anotada en los documentos del occiso - Bolivar 365, departamento 203,
colonia Asturias- para notificar a sus familiares de la tragedia.
Llevaba los efectos personales del suicida en una bolsa de plástico y
una autorización del Servicio Médico Forense para que los allegados
pudieran reclamar el cadáver. El zaguan estaba abierto. Subió al segundo
piso y tocó varias veces con los nudillos en la puerta 203. Alguien le
abrió sin preguntar quién era y dejo la puerta entornada, como en las
películas de terror. Tamez vaciló un momento: adentro estaba oscuro y no
sabía si entrar o no. Finalmente se decidió a empujar la puerta. Luz
intensa, música a todo volumen, serpentinas a quemaropa. La madre del
difunto, una anciana de lentes bifocales y cabello entrecano, se
precipitó a el con una enorme trata de fresa. El supervisor tuvo que
apartarla con suavidad. decepcionados, Bautista y Cáceres dejaron caer
una pancarta con el lema Felicidades Memo. ¿Usted es amigo de
Guillermo?, le preguntó Blanca Estela, preocupada por la tardanza del
festejado. Se había quitado la plasta de maquillaje y estaba más guapa
que nunca.
Enrique Serrna, "El matadito"
Del libro: El orgasmógrafo
Año 2001